Cuando los niños leen fantasía

A través de una de las listas de correo de la Sociedad Tolkien Española me ha llegado este artículo, muy interesante, en el cual Terry Prattchett habla acerca de la literatura fantástica (bajo todas sus variantes) y realiza una defensa de la misma. El autor no me gusta demasiado (lo siento, Prade y Ángel, pero vuestros intentos son en vano), pero me ha parecido muy bueno, así que con él os dejo.


CUANDO LOS NIÑOS LEEN FANTASÍA

El siguiente artículo de Terry Pratchett está fechado
en 1994, pero creemos que sigue igual de válido quince
años después. El original en inglés puede leerse en
http://www.concatenation.org/articles/pratchett.html

Existe un sentimiento que, en mi opinión, solo se experimenta cuando
se es un niño y se descubren los libros. Es una especie de burbujeo.
Te entran ganas de leer todo lo que se haya imprimido antes de que se
evapore.

Yo tuve que trazar mi propio mapa para este territorio sin cartografi-
ar. Desde dirección llegaba el mensaje de que sí, los libros eran bue-
na idea, pero lo cierto es que no recuerdo que nadie me diera ningún
tipo de consejo. Tuve que valerme por mí mismo.

Ahora se me empieza a considerar un escritor para gente joven. Los
profesores y los bibliotecarios me dicen: "Tus libros son muy popu-
lares entre los niños que no leen". Creo que se trata de un cumplido,
solo que me gustaría que lo expresaran de otra forma.

Los mencionados bibliotecarios me cuentan que lo que los niños leen
por gusto, en lo que de verdad están dispuestos a gastar dinero, es
en fantasía, ciencia ficción y terror; y dicen que, si bien elevan
sus plegarias en agradecimiento porque los niños lean cualquier cosa
en esta era electrónica, ese hecho les preocupa.

No debería.

Hace poco hablé con un profesor que me había invitado a dar una char-
la en su escuela. Estaba teniendo problemillas con el jefe de estu-
dios, que consideraba la fantasía como algo de dudosa moral, irrele-
vante en el mundo de los años noventa y escapista.

¿De dudosa moral? A grandes rasgos, casi toda la fantasía se aproba-
ría sin problemas en un hogar de la época victoriana. La moralidad
que tienen la fantasía y el terror es, en esencia, la moral estric-
ta del cuento de hadas. Degollan al vampiro, tiran al alien por la
esclusa, derrotan al malvado señor oscuro y (tal vez sufriendo al-
gunas pérdidas) triunfa el Bien. No porque disponga de mejor arma-
mento, sino porque tiene a la Providencia de su parte. Vengan las
hordas de trasgos, vengan los terribles desafíos ambientales, vengan
las babosas mutadas gigantes si no hay más remedio, pero venga tam-
bién la Esperanza. Puede ser una esperanza frágil fruto de las fuer-
zas de flaqueza, un espadón arturiano en el ocaso, pero sepamos que
no estamos viviendo en vano.

Puede que la literatura clásica de fantasía ponga a los niños en
contacto con lo oculto, pero lo hace de una forma más sana que lo
que de otra forma ocurriría en esta sociedad nuestra, tan extraña.
Si te hablan de los vampiros, es bueno que al mismo tiempo te hablen
de las estacas.

Por lo que respecta al escapismo, no tengo demasiados problemas con
la palabra. El escapismo no tiene nada malo. Lo que se debe consi-
derar, sin embargo, es de qué se escapa y hacia dónde.

Cuando era un lector afectado por la sed repentina, el primer lugar
al que escapé fue lo que entonces se llamaba el Espacio Exterior.
Leía mucha ciencia ficción, que como he dicho es solamente un sub-
conjunto de la fantasía creado en el siglo XX. Y en términos estric-
tamente literarios, buena parte de ella era malísima. Pero la mente
humana posee una saludable tendencia natural a despajar lo bueno de
la basura. Lo que me ocurrió a mí fue que la literatura escapista
me permitió escapar hacia el mundo real.

¿Irrelevante? La primera mención que encontré a la antigua civiliza-
ción griega fue en un libro de fantasía. Pero en los años cincuenta
la mayoría de colegios enseñaban historia de la siguiente manera: es-
taban los romanos, que tenían muchos baños, construyeron algunas ca-
rreteras y se fueron. Luego hubo un montón de trabajo indigno y pe-
nalidades hasta que llegaron los normandos y empezó oficialmente la
historia.

También dábamos ciencia... más o menos. Yuri Gagarin daba vueltas por
encima de nuestras cabezas. No recuerdo que nadie del colegio lo men-
cionase jamás. Ni siquiera recuerdo a nadie diciéndonos que la cien-
cia, contrariamente a lo que nos habían hecho creer, no era aquello
de trastear con imanes y productos químicos, sino una forma de mirar
el Universo.

La ciencia ficción no paraba de mirar el Universo. No me disculparé
por haberla disfrutado. Vivimos en un mundo de ciencia ficción. Tres
kilómetros hacia abajo y nos freímos, tres kilómetros hacia arriba
y nos cuesta respirar; y hay una posibilidad pequeña pero importante,
dadas sus consecuencias para nosotros, de que en los próximos mil
años se estrelle contra el planeta un cometa grande o un asteroide.
No me lo invento. No me quita el sueño. Pero averiguarlo con solo
unos trece años te abre un poquito los ojos. Para empezar, pone al
acné en su sitio.

Esos otros mundos de allá fuera, del espacio, me hicieron interesar-
me por este de aquí abajo. Hay un paso mental pequeño de los viajes
temporales a la paleontología, de la fantasía de espada y brujería
a la mitología y la historia antigua. La verdad es más rara que la
ficción; no hubo nada en la fantasía que me cautivase tanto como le-
er la evolución de la humanidad: protobabosa, reptil, ardilla bambú,
graduado en arte de Oxford o Cambridge y, finalmente, mamífero capaz
de emplear utensilios. Encontré por primera vez palabras como "eco-
logista" o "sobrepoblació n" en libros de ciencia ficción a finales
de los cincuenta y principios de los sesenta, mucho antes de que se
pusieran de moda.

También conocí la palabra "neotenia", que significa "permanecer jo-
ven". Es una cosa que los humanos hemos desarrollado hasta conver-
tirla en rasgo evolutivo. Los otros animales tienen de jóvenes gran
curiosidad por el Mundo, flexibilidad en sus reacciones y una capa-
cidad para el juego que pierden a medida que crecen. Como especie,
nosotros las hemos retenido. Como especie, nos tiramos el día metien-
do los dedos en el enchufe del Universo para ver qué pasa. Es una
característica que puede salvarlos o matarnos, pero vaya si no
es lo que nos hace ser humanos. Prefiero acompañarme de gente miran-
do a Marte que de gente mirando el ombligo de la humanidad. Los
otros mundos son mejores que la pelusa.

Por tanto, no nos asustemos cuando los niños leen fantasía. Es el
abono de una mente sana. Estimula los nodos inquisitivos, y existen
pruebas de que una vida fantástica interna es tan buena y necesaria
para un niño como lo es un suelo rico para una planta. Por las mis-
mas razones aproximadamente.

Saludo a la fantasía como la dieta apropiada para el alma en creci-
miento. En ella está toda la vida humana: un código moral, un senti-
do del orden y, en ocasiones, cosas verdes y gigantescas con dientes.
Hay otros libros que leer, y espero que los niños que empiecen con
la fantasía los lean. Yo lo hice. Pero todos hemos de empezar por
algo.

Uno de los novelistas más famosos de principios de siglo fue G.K.
Chesterton. En su época se atacaba a los cuentos de hadas por casi
los mismos motivos con que ahora, en algunos colegios, se prohíben
de forma encubierta los libros que llevan la palabra "bruja" en el
título. Él dijo: "Se condena a los cuentos de hadas porque dicen a
los niños que hay dragones. Pero los niños siempre han sabido que
había dragones. Los cuentos de hadas dicen a los niños que a los
dragones se les puede matar".

Terry Pratchett, 1994
(Traducción: Manu.)

Comentarios

KAIMAN ha dicho que…
Me ha puesto la carne de gallina, gracias por compartirlo Iván.
Un articulo espléndido, bonito y elegante con el que me siento totalmente identificado.
Desde pequeño, sentí autentica pasión por la literatura y el cine de ciencia-ficción.
No he tenido oportunidad de leer nada de Prattchet, mis autores de culto son algo más clásicos y vejetes (pero vamos que no le hago ascos a nada), Ray Bradbury, Richard Matheson, Olaf Stapledon...y buf no se, muchos mas de los que podríamos hablar durante horas.
Como genialmente comenta Prattchett, el escapismo no tiene nada de malo, sino saber de qué se escapa y hacia dónde queremos ir. No sé, continuamente me gusto hacer volar mi imaginación., la realidad me supo siempre corta, y que mejor vehículo para escapar y conocer otros mundos que la ci-fi. Bendita sea.

Nada, lo dicho, enhorabuena por la buena marcha y temática del blog y un saludo a todos los banquistas.
El Marqués del Villar ha dicho que…
Y, aunque les pese a los críticos y a los que llaman a los seguidores de este tipo de literatura "frikis", su impacto en la cultura popular de estas últimas décadas ha sido enorme.

Agradezco tus felicitaciones (que te devuelvo aumentadas) y, por supuesto, bien podrás considerarte tú también banquista.

Un cordial saludo.
manuelvh ha dicho que…
Y pensar que yo lo puse un mes después en mi blog sin darme cuenta que tu lo tenias ya...

hoy me han echado la bronca en un comentario por no tener derechos, espero que se quede ahí y no me denuncien
El Marqués del Villar ha dicho que…
Sin problema. Hay veces que se repiten contenidos entre blogs, qué le vamos a hacer.

En cuanto a lo de la bronca, me he pasado por tu blog y me he dado cuenta de lo fuera de lugar que está. Lo entendería si tuviésemos publicidad y nos estuviéramos llevando un dinero utilizando a Prattchett como "gancho"; pero no es el caso. A mí, por ahora, no me han hecho llegar nada parecido; supongo que tendré muchos menos visitantes que tú ;).
manuelvh ha dicho que…
A mi me lo han hecho llegar porque tuve el mal detalle de enlazar a la fuente original en ingles, es decir, al mismo tio que luego se quejó.

Hay cosas que no tienen sentido
El Marqués del Villar ha dicho que…
Pues vaya. Por hacer las cosas bien, tirón de orejas.

Pues eso, sin sentido alguno.