jueves, 27 de septiembre de 2012

Un famoso huesped de Colditz


David Stirling fue el fundador del SAS, uno de las más famosas unidades de operaciones especiales de la 2ª Guerra Mundial. Nació en Escocia el 15 de Noviembre de 1915 y murió el 4 de noviembre de 1990. Tanto el SAS como Stirling entraron en la leyenda por sus actividades entre 1941 y 1945.

Stirling, el hijo de un Brigadier (General de Brigada), fue educado en el  Ampleforth College. Después de esto, fue al Trinity College, en la universidad de Cambridge, durante un año. Sin embargo, su corazón le arrastraba a una vida de aventura y actividad, no a la formación universitaria. Cuando estalló la 2GM en septiembre de 1939, él estaba entrenando para escalar el todavía inconquistado monte Everest. A pesar de ello, cuando la guerra fue declarada, Stirling se alistó en la Scots Guards Supplementary Reserve of Officers (Reserva de Oficiales de Complemento de los Scots Guards). 

Un año después, se unió a la “Layforce”, nombre dado al Comando nº8. Era una unidad militar que prometía darle toda la acción que él buscaba. Cuando la “Layforce” llegó al Norte de África para su primera rotación de servicio en operaciones, fue casi aniquilada y dispersada. Hubo quien veía que unidades como la “Layforce” hacían cosas turbias, muy poco acordes con la tradición militar británica y no tenían razón de ser en un conflicto convencional. Stirling difería en su manera de ver las cosas.

A pesar de su abatimiento por el resultado del Commando nº 8, Stirling estaba convencido de que una unidad altamente entrenada podría operar tras las líneas enemigas con un devastador impacto. Reclutó junto con Jock Lewes, que tenía similares puntos de vista, lo que sería el núcleo del futuro SAS. Mientras estaban instruyéndose, Stirling resultó herido en un accidente de paracaidismo y estuvo en el hospital dos meses. Durante este período de reposo obligado, Stirling fue capaz de tomarse el tiempo necesario para planificar realmente qué haría el SAS. Sin esta planificación, no hubiera podido incluir su nueva unidad en los planes británicos para el Norte de África.

Con los planteamientos militares tradicionales, los oficiales que querían exponer algún punto, debían seguir los canales apropiados, lo que llevaba mucho tiempo puesto que tu idea debía pasar de tu superior a su superior inmediato y así sucesivamente. Stirling se fue derecho al segundo oficial británico más importante en el Norte de África, el General Ritchie. Dio su idea a Ritchie, quien la pasó a su jefe, el General Auchinlek. A través de esta manera poco ortodoxa (pero importante para que el SAS pudiera operar en el desierto de África del Norte), Stirling obtuvo el apoyo de estos dos hombres. Reunió a su alrededor 66 hombres de la “Layforce”, como el nuevo Special Air Service, y los adiestró para operar tras las líneas enemigas.

La primera misión del SAS fue un desastre. Stirling sobrevaloró la capacidad de sus hombres para saltos paracaidistas en condiciones atmosféricas adversas. Saltaron en zonas con mucho viento y lluvia. Muchos hombres cayeron fuera de las zonas de salto. Solo 22 de los 66 hombres regresaron a base. A pesar de la tristeza de los camaradas perdidos, Stirling creía que el mejor honor con el que se les podía pagar era aprender de los errores cometidos en el “raid”. La decisión más importante que tomó fue que cualquier inserción en territorio enemigo debería hacerse en a ras de suelo, no mediante salto en paracaídas. El resultado de esta decisión fue el comienzo del trabajo en equipo entre el SAS y el Longe Range Desert Group (Grupo Largo Alcance del Desierto), fundado por Ralph Bagnold.

Posteriormente, el SAS consiguió sus propios vehículos, que fueron equipados con ametralladoras Vickers K. Stirling usó estos vehículos con devastadores efectos en golpes de mano a las bases aéreas alemanas. Tal fue el éxito del SAS, que Hitler firmó su afamado decreto ‘Kommandobefehl’, según el cual, cualquier “comando” capturado por los alemanes debía ser ejecutado sumarísimamente.

La participación de David Stirling en la 2GM acabó en 1943 en lo que solo puede ser descrito como su anti-climax. Fue capturado por los alemanes durante un raid. El propio Rommel ordenó ignorar el decreto de Hitler, respetándole la vida y pasó el resto de la guerra en el castillo de Colditz.

Davis Stirling fue llamado el “mayor infracondecorado soldado de la guerra”. Apodado “The Phantom Major” (el Comandante Fantasma) por aquellos que le conocieron, fue premiado con la Orden de Servicios Distinguidos por su trabajo en la Segunda Guerra Mundial. Fue nombrado Caballero en 1990 y falleció ese mismo año.

Traducción del artículo en inglés de History Learning Site, por Jesús Higueras.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El Asedio a Numancia (por Forges)


Hay muchas formas distintas de contar una misma historia. Pongamos como ejemplo el Asedio a Numancia, uno de los episodios más conocidos de nuestra historia. Se puede contar con detalle, con pasiónen vídeo e incluso en comic. Pero mi forma preferida y con la que yo me quedo es la historia contada con humor, con mucho humor, como hace Forges en su colección titulada “Historia de Aquí”.

A mediados del siglo II a.C., una ciudad celtíbera que llevaba años mostrándose inexpugnable, llamada Numancia, se convirtió en refugio de Vaceos, Lusitanos y de todo aquel que huía del yugo de Roma y que quería seguir ofreciendo resistencia.
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Roma observa como Numancia se convierte en un nido de fugitivos romanos y decide arrasar la ciudad. Para ello, en el año 153a.C., envía al cónsul Fulvio Nobilior a sitiarla, fracasando estrepitosamente.
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En el 132a.C. Claudio Marcelo, sucesor de Nobilior, firma un tratado con los encerrados que dura nueve años.
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En el 143a.C. se rompe el tratado y Roma envía Cecilio Metelo que sitia la ciudad durante un año. En una “salida” de los sitiados capturan al cónsul con su estado mayor.
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Su sucesor, Pompeyo Aulo, se ve obligado a firmar un nuevo acuerdo para liberar a los rehenes pero el Senado de Roma se mosquea en cantidad, se niega a admitir lo pactado y envía a Marco Pompilio que, en un alarde de imaginación, vuelve a asediar la ciudad. De nuevo, 8.000 romanos vuelven a casa de permiso.
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Roma no sabe que hacer y envía a otro cónsul que con sólo pronunciar su nombre impone respeto, Hostilio Mancino, quien se planta frente a la ciudad con 20.000 hombres.
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Los íberos salen de la ciudad y según cuenta Tito Livio: “… Mancino huye con sus soldados abandonando su campamento fortificado. Los íberos le siguen, le alcanzan, le asedian y desmoralizan la tropa”.
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Durante los años que siguen continúa el desfile de cónsules ante los muros de Numancia y todos con parecidos resultados. Los numantinos hostigan a los romanos y los persiguen haciéndoles huir hasta las inmediaciones de Córdoba.
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La moral de las legiones romanas estaba por los suelos y una falsa alarma o un simple rumor de que los asediados estaban fuera del recinto les “… hacía temblar y perdían toda su marcialidad”.
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De este modo, el campamento romano se convirtió en una gran feria con más de 2.000 “cortesanas” y todo tipo de comerciantes, charlatanes y baratijas que mermaban el ardor de las tropas.
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Roma no aguanta más y decide tomarse el asunto íbero muy en serio.
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El Senado, de forma excepcional, re-elige como  cónsul a Publio Cornelio Escipion Emiliano quien reúne a lo más granado de los generales romanos. Cayo Mario, Cayo Graco, Cayo Memmo y , con su ejército de elefantes, Yogurta el Africano.
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Escipion, con un periodo de dura instrucción, vuelve a poner en forma a sus legionarios y en menos de dos meses rodea Numancia con una muralla de tres metros de altura y torres con catapultas cada 50 metros.
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La cosa se ponea fea para los sitiados. El cerco es feroz y tan sólo en una ocasión consiguen burlarlo y avituallarse ligeramente.
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Escipión se entera del paseíto y decide dar un escarmiento. A cuatrocientos jóvenes de Lutia, lugar que ayudó a los sitiados, se les corta las manos.
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Tras 8 meses de asedio los íberos se han comido hasta los zapatos y enfermos, hambrientos y demacrados se reúnen en la plaza para votar sobre su destino. Entregarse o morir.
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Los suicidas ganan. Los cabeza de familia matan a su familiares y luego se acuchillan entre sí… Los cinco últimos numantinos se arrojan al Duero desde las murallas. Roma, después de más de 20 años de asedios, ha ganado.

Era yo un adolescente imberbe y con la cera llena de granos cuando, fascículo a fascículo, completé la colección de “Historia de Aquí” de Forges. Desde entonces, he de confesarlo,  la abuela numantina de la sartén se convirtió en una de mis heroínas favoritas.
La colección Historia de Aquí es de los pocos libros que me acompañan desde mi mocedad (tiene hasta manchas de mis meriendas), que han aguantado todas mis mudanzas y que , de vez en cuando aún hoy, me gusta echarle un vistazo porque todavía me arranca alguna sonrisa e incluso alguna carcajada.
Por eso, quiero que esta entrada sea un pequeño agradecimiento y humilde homenaje a estos libros y a su autor, Forges, ya que gracias a él descubrí lo apasionante, entretenida y (sobre todo) muy divertida que puede ser la historia.
Gracias.
 Por Iñaki, en Historias con Historia.

martes, 25 de septiembre de 2012

El boxeador gitano que ridiculizó al Tercer Reich


Johann Trollman (apodado Rukeli) era joven, rápido y fuerte, pero también era gitano en un momento y país equivocado: la Alemania Nazi de Hitler. A los seis días de conseguir el título de campeón de Alemania fue despojado del mismo porque su estilo de boxeo no era el de un deportista ario. Poco después, en un posterior combate, Trollman protagonizó uno de los hechos más extraordinarios y tal vez menos conocidos de la historia del deporte. Un gesto trágico propio de un héroe griego, un tremendo sacrificio con el que ridiculizó y caricaturizó la supuesta “superioridad de la raza aria”.


Por Guillermo



Trollman creció en los barrios más pobres de Hannover, y de la mano de su entrenador, el boxeador judío Erich Seelig, se había labrado una prometedora carrera deportiva en el boxeo profesional.

Pero su estilo de boxeo irritaba cada vez más a los ideólogos nazis, ya que era muy popular por su rápido baile de piernas y movimientos cortos, que contrastaba con el estilo dominante en la época: de estilo “matón” y evocador de un guerrero más que de un deportista.

"Afeminado", o “Nada que ver con el boxeo ario de verdad" eran algunas de las perlas que le dedicaba en 1932 el Völkischen Beobachter (“El Observador Popular"), periódico oficial del Partido Nazi.


A pesar de ello, el 9 de junio de 1933, con 25 años de edad, Trollman disputa el título nacional de peso semipesado contra el también alemán Adolf Witt (campeón de peso pesado).

Un combate desigual entre David y Goliat en el que Trollman hizo valer su baile de piernas y agilidad: después de seis asaltos, el coloso Witt estaba a punto de romperse en pedazos, y la victoria por puntos era clara para Trollman.

Pero por aquel entonces, la Asociación Alemana de Boxeo ya estaba llena de nazis... y el “gitano Trollman” les estaba metiendo el dedo en el ojo.


Los jueces ordenaron parar la pelea y declararon un empate. La multitud enfurecida se rebeló y exigió a reconocer ganador a Johann. Los jueces, a punto del linchamiento, se vieron obligados a declarar finalmente campeón a Trollman.

Johann lloró de felicidad en el ring, y precisamente esa fue la excusa para que tan solo seis días después le fuera retirado el título.

La razón oficial: “Pobre comportamiento” (¡llorar en el ring!) y “Mal boxeo”. La verdadera razón: ser gitano (Sinti).

Dos meses después se organizó un nuevo combate en el que Trollman fue obligado a participar. Las autoridades nazis querían vengar la derrota de Witt y acabar con la peligrosa popularidad del joven gitano… pero no podía quedar ningún cabo suelto.

Prohibieron terminantemente a Trollmann moverse del centro del ring y utilizar su famoso baile de pies para esquivar los golpes, de otra forma perdería su licencia.

Johann tenía que perder, así de claro, y la raza aria tenía que vencer, así de trágico.

Lo que pasó a continuación fue, como decía al principio, uno de los hechos más extraordinarios, sacrificados y poco conocidos de la historia del deporte:


Trollman apareció en el ring con el pelo teñido de rubio y todo su cuerpo cubierto de harina, en un gesto de provocación, burla y caricatura hacia la imagen del “guerrero ario” con la que la propaganda nazi estaba envenenado el país. Durante el combate se quedó inmóvil en el centro del ring, con las piernas separadas y sin esquivar, uno tras otro, los mazazos de su rival, Gustav Eder, famoso por sus poderosos golpes.

Johann resistió cinco asaltos y cayó al suelo totalmente bañado en sangre.

También su carrera quedó hecha añicos para siempre. Disputó, con escaso éxito, nueve combates más y tuvo que retirarse prematuramente.

Durante los siguientes años fue aumentando dramáticamente la persecución a los no arios. Cientos de miles de gitanos fueron esterilizados, entre ellos Trollman.

En 1939 fue reclutado por la Wehrmacht para luchar en el frente oriental. Era la forma de evitar la muerte de su familia: a cambio del "servicio desinteresado al Tercer Reich."

El 16 de diciembre de 1942, Himmler firma el Decreto de Auschwitz, donde los gitanos se equiparan a los judíos y se ordena su deportación. Trollman es enviado al campo de concentración de Neuengamme.

Sabiendo que era boxeador, se organizaban en el campo peleas para el entretenimiento. Trollman recibía a cambio una ración extra de comida.


Ni la razón ni la fecha exacta de su muerte estaban suficientemente claras. No obstante, en 2008, un libro de Roger Repplinger desvela que en 1944 Trollman disputó en el campo de concentración uno de esos combates organizados contra un Kapo (presos que trabajaban para la SS) y Johann le derrotó. El Kapo, exasperado, tomó entonces un palo y golpeó a Trollman hasta la muerte.

Johann Trollmann terminó asesinado en el barro de aquel campo de concentración, vestido con sus guantes de boxeo.

En 2003, setenta años después de conseguirlo, fue entregado a sus herederos el cinturón de campeón alemán de peso semipesado.

En las calles de Hamburgo puede verse una placa conmemorativa en su honor, y el 9 de junio de 2010 fue inaugurado en Berlín un monumento en memoria de Johann Trollman, el boxeador gitano que ridiculizó al Tercer Reich.

Por Javier Peláez, en La Aldea Irreductible.
 

lunes, 24 de septiembre de 2012

El Hombre que Estafó al Tercer Reich



En 1945, a punto de acabar la II Guerra Mundial, los americanos hicieron un hallazgo que hubiera hecho palidecer de envidia al mismísimo Indiana Jones. Oculto en una mina de sal, en Austria, los aliados dieron con una ingente botín de guerra que los Nazis, en su huida, habían ocultado allí en espera de mejores tiempos que nunca llegaron.
En esa mina encontraron oro, plata, joyas y todo en grandes cantidades. También obras de arte de incalculable valor que habían rapiñado por todos los lugares por donde pasaron.
Todo eso son sacos de oro.
Un Manet recuperado.
Entre todo este tesoro digno de Alí Babá, se toparon con un cuadro, desconocido hasta la fecha, del pintor holandés del S.XVII, Johanes Vermeer, famoso sobre todo por su fascinante cuadro “La joven de la perla” (También llamado “La Mona Lisa del Norte”)
“La Joven de la Perla”
El cuadro encontrado se llamaba “La Mujer Adultera” y como digo, no estaba catalogado entra los cuadros del muy cotizado pintor. Fue enviado a varios especialistas y después de concienzudos exámenes por parte de los expertos parecía no existir ninguna duda, se trataba de un Vermeer auténtico.
Ante tal hallazgo, quisieron seguir la procedencia del cuadro y gracias a la eficiente burocracia Alemana no fue difícil. (NOTA: Esta férrea burocracia que supieron utilizar como un arma de guerra, se acabaría convirtiendo en la soga de los juzgados por crímenes de guerra. Los aliados recuperaron gran cantidad de archivos y es que los tíos lo apuntaban absolutamente todo.)
“La Mujer Adultera”. El cuadro, supuestamente de Vermeer, encontrado en la mina.
El cuadro seguiría dando grandes sorpresas y es que descubrieron que no procedía de ningún expolio ni saqueo, sino que había sido comprado en Amsterdam, pagado rigurosamente al contado por un total de 850.000 dólares y que el comprador había sido, nada más y nada menos, que Goering el número dos del régimen.
No tardaron en dar con el vendedor, un tal Han Van Meegeren que resultó ser un desconocido pintor que gozaba de un nivel de vida algo más que desahogado. Fue detenido inmediatamente y acusado de connivencia con los nazis y traición, delitos que podían llevarle a la horca. Hay que entender, que vender un Vermeer a Goering, era algo que los Holandeses no se tomaban a broma.
Al principio, Meegeren trató de justificar la procedencia del cuadro, pero cayó en numerosas contradicciones y no convenció a nadie. Así que como ya se veía colgando de una cuerda, decidió contar la verdad. Contó que era una falsificación que él mismo había realizado y que antes de la guerra, había “colocado” por ahí otros cinco cuadros más como Vermeer auténticos por los que le habían pagado grandes sumas de dinero.
Jueces y fiscales no le creyeron. Los expertos decían tener claro que era auténtico y que no podía ser una falsificación, por lo que Meegeren propuso demostrarlo allí mismo, pintando un cuadro ante la corte que lo juzgaba, algo que fue aceptado.
Megeeren pintando el cuadro durante el juicio.
Comenzó explicando las técnicas que utilizaba. Compraba cuadros de poco valor pero cuyas telas eran del siglo XVII e imitaba el método de trabajo de Vermeer. Usaba pinceles de pelo de tejón y para el tono azul usaba lapislázuli traído de Inglaterra. La fórmula del aceite para las mezclas dijo haberla sacado de viejos manuscritos. Secaba la obra con formaldehído y luego horneaba la pintura durante dos horas a 105 grados para imitar las estrías que tienen las piezas del auténtico pintor. Todo esto, acompañado de una auténtica buena mano como pintor, lograba que sus obras dieran completamente el pego.
En los dos meses que estuvo encerrado en la sala, bajo la atenta mirada de jueces y público, Meegeren pintó su séptimo “Vermeer” que pasó la criba de todos los expertos que lo examinaron, asombrándose de su increible capacidad de falsificación.
El juicio dio un giro total y Meegeren fue condenado a tan solo un año de cárcel por falsificación. Ironías de la vida, entró acusado de traidor a la patria y salió convertido en héroe nacional pues se hizo famoso por ser la persona que se la había jugado a Goering. Por desgracia, poco pudo disfrutar de su fama, pues apenas dos años después moriría a la edad de 58 años. En la actualidad, su fama como pintor es reconocida y sus cuadros se cotizan bastante bien, aunque hay que aclarar, que hoy en día, sus falsificaciones no pasarían como Vermeer auténticos, pues los análisis detectarían, sin ninguna duda, que los elementos usados para los colores no pertenecen al siglo XVII.

Por Iñaki. Del blog Historias con Historia.

domingo, 23 de septiembre de 2012

¿Qué es un looping?


Para quien no conoce el concepto de looping, es un término que crearon los informáticos para definir un enredo, de los tantos que se han creado, y para el que no tienen una explicación sencilla que aclare el problema.

   Haciendo un poco de esfuerzo trataré de explicar en pocas palabras este famoso término.

   Se dice que un programa de informática "entró en un looping" cuando ocurre la siguiente situación:

    El DIRECTOR llama a su secretaria y le dice:
- Victoria: tengo un seminario en Argentina, dura una semana y quiero que me acompañe. Haga los preparativos del viaje.

    La secretaria llama al marido:
- Oye Juan, voy a viajar al extranjero con el director durante una semana.
Tendrás que quedarte solo esa semana, querido.

     El marido llama a la amante:
- Leonor, mi tesoro: La bruja se va al extranjero durante una semana, vamos a pasarla juntos, mi reina....

     La amante llama al niño, al que da clases particulares:
- Manolito: tengo mucho trabajo la próxima semana. No te puedo dar clase.

     El niño llama a su abuelo:
- Oye abuelo, la próxima semana no tengo clases, mi profesora estará ocupada. Así que por fin ¡vamos a poder pasar la semana juntos!

      El abuelo (que es el DIRECTOR en esta historia) llama a la secretaria:
- Victoria, suspenda el viaje, voy a pasar la próxima semana con mi nieto. Cancele el viaje y el hotel.

      La secretaria llama al marido:
- Juan: El payaso del director cambió de idea y acaba de cancelar el viaje, se fastidió ir a Argentina.

      El marido llama a la amante:
- Amorcito, disculpa: no podremos pasar la próxima semana juntos, el viaje de la tetona de mi mujer fue cancelado.

     La amante llama al niño de las clases particulares:
- Manuelito: mira, esta semana te voy a dar clases como siempre.

      El niño llama al abuelo:
- Abuelo: la pesada de mi profesora me dijo que esta semana sí tengo clases normales, discúlpame, no vamos a poder estar juntos.

      El abuelo llama a la secretaria:
- Victoria: mi nieto me acaba de decir que no va a poder estar conmigo esta semana porque tiene clases. Así que continúe con los preparativos del
viaje a Argentina.

    ¿TE HA QUEDADO CLARO LO QUE ES UN LOOPING?

sábado, 22 de septiembre de 2012

Un chiste: Malentendido


La hija regresa a casa después de años de haberse ido. Llora desconsoladamente, pues sabe que a su familia, muy católica  y  de misa, no le va a gustar lo que les tiene que decir.

Su padre le pregunta: ¿Donde estuviste tanto tiempo, sin siquiera escribir? desgraciada! ¡No sabes cuanto ha sufrido tu madre!

- Perdón, papá, pero es que me he vuelto prostituta...

- ¿Como? ¿Que? ¡Lárgate inmediatamente de esta casa!


-¡Desvergonzada, inmoral, perversa... mala hija!.
Sabes perfectamente que en nuestra casa somos católicos practicantes!
Sinvergüenza, no te quiero volver a ver...!
Si Papá, ya me voy... lo siento, te comprendo, sabia que Ustedes no me aceptarian y solo vine a dejarle a mamá este abrigo de mink  y a darle  las escrituras de una casa en la Riviera Francesa ,
una cuenta de $500.000 dólares para los estudios de mi hermano
y a ti papito, este reloj Rolex con diamantes y también a entregarte estas llaves de un Porche Turbo Ultimo modelo,  que está afuera en la puerta...
Hijita, ¿En que dijiste que te has convertido?
En prostituta, papá.
¡Uf! Que susto, había entendido ¡Protestante!, pasa, cariño, pasa..... 
 

martes, 18 de septiembre de 2012

El coste de las becas


Estudié toda mi vida con becas. Eso, dicho así, parece una frase hecha, pero no. Estudié toda mi vida con becas, que significan -entre otras cosas- dinero de todos los contribuyentes. Con 14 años, el estado empezó a pagarme 14.000 pesetas anuales a modo de beca para materiales. Tengo 31 años, así que hablamos de 14.000 pesetas del año 1993. Desde los 17 me becaron con 32.000, con lo cual para cuando acabé el instituto el Estado había ingresado en mi cuenta 92.000 pesetas contantes y sonantes.
Entré en la Universidad y también tuve becas, nunca tuve que pagar ni una sola matrícula. A una media de, pongamos, 75.000 pesetas por curso, eso hacen 375.000. Además, recibí una beca escolar que, de media, eran unas 150.000 pesetas anuales: 750.000 en los cinco años. En quinto de carrera tuve, además, una beca de colaboración de mi Departamento. Se suponía que era para aprender investigar, pero lo único que me enseñaron fue a cargar carretillas de papel para la fotocopiadora, hacer funcionar la fotocopiadora y cambiar el tóner de la fotocopiadora. Me pagaron 23.000 pesetas al mes, diez meses. Total hasta aquí 1.447.000 pesetas. Unos 8700 euros.
Recibí cuatro becas diferentes para hacer el doctorado. La primera que acepté era de una fundación que me pagaba cuando le parecía oportuno, no me daba recibos del pago y, además, me metió en líos con Hacienda. En cualquier caso, seis meses a 600 euros, 3600 euros. Poco tiempo después recibí otra con patrones que me timaron en menos aspectos. No me contrataron, pero me hicieron firmar dedicación completa. Trabajé para ellos bajo la miserable forma de una beca: di clases, publiqué en revistas, hice estancias de investigación... pero días cotizados, cero. 800 euros al mes, 36 meses, 28.800 euros en total. A eso hay que sumar tres estancias de investigación en prestigiosos centros del extranjero, a digamos 1200 euros de subvención cada una. Esto ya parece el 1, 2, 3... 41.100 euros de todos los españoles. El último año, por fin, los becarios de investigación conseguimos que se nos hiciera un contrato. A la hora de firmarlo, te daban un papelito donde tenías que firmar que renunciabas a tu baja maternal, en caso de quedarte embarazada. Eso sí que son políticas de conciliación y lo demás cuentos. Nos daban, por primera vez, paga extra. Se la llevó Hacienda, pero la sumo igual. Doce meses, catorce pagas, a 1100 euros, 15400 euros, 56.500 en total.
Ahora viene la pirueta. Después de seis años trabajando para la Universidad, había cotizado un año. Cobré el paro y envié currículos. 630, mi madre lo recuerda bien. Durante mis dieciséis años en el mercado laboral español tuve los empleos más diversos además de la Universidad: guía turística para la tercera edad, traductora de manuales deportivos, profe particular, manufacturera -que no diseñadora- de bolsos y abalorios, dobladora de anuncios de radio... Que no se diga que no lo intenté en varios campos.
Lo intenté con todas mis fuerzas. Me agarré a la tierra de Asturias con pies y manos. Estuve un año en el paro, con una carrera, un máster, un doctorado, cuatro idiomas y dispuesta a trabajar de lo que saliese... pero no salió nada. En unos estaba demasiado formada, en otros no daba, literalmente, la talla -hasta para dependienta de tienda de ropa de adolescentes me presenté-, así que decidí emigrar. El camino fuera de Europa no es sencillo: veo a mis padres por Skype, mi presencia empieza a borrarse de los recuerdos de mis amigas -"¿todavía vivías aquí cuando pasó eso?"- y suplico a las alturas que el señor de inmigración no se quede con mi barra de turrón de Suchard y mis latas de bonito en aceite cuando vuelvo, siempre antes de Reyes, a incorporarme a mis clases en una estupenda Universidad de la soleadísima costa estadounidense del Pacífico. Lo más triste es que soy feliz aquí, a pesar de que veo la tristeza inmensa en los ojos de mis padres.
En resumen, España invirtió en mí, directamente, casi diez millones de pesetas, además de la formación universitaria, y ahora lo está aprovechando otro país: un lugar donde me siento un miembro útil y productivo de la sociedad. El problema más grande es que mi caso no es único. De mis quince compañeros del doctorado, solo dos están trabajando en España, en condiciones lamentables, eso sí, en la Universidad. Solo en nosotros, solo en nuestro pequeño rinconcito de la sala de becarios con sus palomas anidadas en una ventana, el Estado español tiró a la basura 130.000.000. Ciento treinta millones de pesetas que estábamos deseando revertir a la sociedad en aquello para lo que nos habíamos formado, pero no nos resulta posible. Trabajamos un tiempo gratis, mucho tiempo sin contrato, muchas más horas que una jornada estándar, sin sanidad, sin derecho a baja maternal, sin derecho a paro y, sobre todo, sin derecho a quejarnos. Porque éramos unos privilegiados, la creme de la creme de la intelectualidad que iba a llevar a España a cotas nunca antes conocidas. Y eso último es lo único cierto. Somos la generación que va a llevar a España a cotas nunca antes conocidas de desesperación, de frustración, de angustia, de parturientas añosas, de abuelos que van a tener que aprender chino o inglés para preguntarle a sus nietos -por skype- de qué color es la bici que piden a los Reyes Magos en casa de los abuelitos y que les va a llegar por correo.
* Este lector ha pedido expresamente que no facilitemos su nombre.

Extraído de ElPais.es.